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Cuento Inolvidable: El Círculo Del 99

El Redactor: Laureano D. G.


Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente muy feliz. Todas las mañanas llegaba y despertaba al rey cantando y tarareando alegres canciones de juglares. Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre. 

Un día el rey lo mandó a llamar. Paje -le dijo- ¿Cuál es tu secreto?¿Qué secreto, Majestad?¿Cuál es el secreto de tu alegría? ¡No hay ningún secreto, Alteza! No me mientas, paje, o ¡mandaré que te corten la cabeza!
 
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No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto. ¿Por qué estás siempre alegre y feliz? ¿Por qué? Majestad, no tengo razones para estar triste. Su alteza me honra permitiéndome atenderlo, tengo a mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la corte nos ha asignado, estamos vestidos y alimentados, y además su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos, ¿cómo no estar feliz? 
¡Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar!, dijo el rey. ¡¡Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado!! Pero, Majestad, no hay otro secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando...Vete, ¡Vete antes de que llame al verdugo! 
El sirviente sonrió un poco asustado, hizo una reverencia y salió de la habitación. El rey estaba como loco. No conseguía explicarse cómo el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. 
Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana. ¿Por qué él es feliz? Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo...¿Fuera del círculo? Así es. ¿Y eso es lo que lo hace feliz? No Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.

A ver si entiendo, ¿estar en el círculo te hace infeliz?Así es. ¿Y cómo salió? Nunca entró ¿Qué circulo es ese? El círculo del 99. Verdaderamente, no entiendo nada. La única manera para que lo entienda, sería mostrárselo con hechos, majestad. ¿Cómo? Haciendo entrar a su paje en el círculo. ¡Eso, obliguémoslo a entrar!

-No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.

-Entonces habrá que engañarlo.
-No hace falta, Su Majestad. 
-Si le damos la oportunidad, él entrará solito, solito. Son pocos los hombres tan grandes que sean capaces de resistir

¿Pero él no se dará cuenta de que eso es su infelicidad? No, al contrario. Pensará que es su fortuna.

-Y después, cuando se sienta infeliz, ¿no podrá salir?
-Sí se dará cuenta, pero no lo podrá evitar.

-¡A qué esperas, hagamos la prueba!
-Majestad, ¿Está dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo?
-Sí
-Bien, esta noche le pasaré a buscar. Debe tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni una menos. ¡99!
-¿Qué más? ¿Llevo los guardias por si acaso? 
-Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche.
-Hasta la noche. 

cuento rey triste sirviente felizAsí fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la bolsa y pinchó en ella un papel que decía: “Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie cómo lo encontraste.”
Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeó y volvió a esconderse. Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde atrás de unas matas. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció. Apretó la bolsa contra el pecho, miró hacia todos lados y cerró la puerta.
Entonces se arrimaron a la ventana para ver la escena. 
El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa,  dejando sólo la vela. Se había sentado y había vaciado el contenido de la bolsa sobre la mesa. Sus ojos no podían creer lo que veían, ¡Era una montaña de monedas de oro! Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenía hoy una montaña de ellas para él. El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacía brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas. Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas. Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco, seis y mientras sumaba 10, 20,30, 40, 50, 60 hasta que formó la última pila:¡¡¡ 9 monedas !!!
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Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más. Luego el piso y finalmente la bolsa. “No puede ser”, pensó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja. ¡¡¡Me robaron -gritó- me robaron, malditos!!!
Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba. Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro. “Sólo 99”. 
99 monedas es mucho dinero, pensó. ¡Pero me falta una moneda! Noventa y nueve no es un número completo, pensaba.  ¡Cien es un número completo, pero noventa y nueve, no!
El rey y su asesor miraban por la ventana.
La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus, por el que se asomaban los dientes. El sirviente guardó las monedas en la bolsa  mirando para todos lados por si alguno de la casa lo veía, ey scondió la bolsa entre la leña.  Luego tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda número cien? Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después quizás no necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Obtuvo el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario. 
 “Doce años es mucho tiempo”, pensó. Quizás pudiera decirle a mi esposa que busque trabajo en el pueblo por un tiempo. Y yo mismo, después de todo, termino mi servicio en palacio a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y recibir alguna paga extra por ello. Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero. ¡¡¡Era demasiado tiempo!!! Era un sacrificio, pero en unos años de sacrificios llegaría a su moneda cien. 
El rey y el sabio, volvieron al palacio. 
El paje había entrado en el círculo del 99... Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche. 
Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando y amargado. 
-¿Qué te pasa?- preguntó el rey de buen modo. 
-¡Nada me pasa, nada me pasa!
-Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo. 
-Hago mi trabajo, ¿No? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también? 
No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje siempre de mal humor. 
 
Reflexión: Muchos de nosotros hemos entrado en el círculo del noventa y nueve alguna vez: sentimos que nos falta algo para estar completos, y pensamos que  sólo entonces podremos disfrutar de lo que tenemos. Como siempre "falta" algo parece que la felicidad debe esperar hasta que todo esté completo... y entramos en un círculo en el que nunca podemos gozar de la vida. Sin embargo el bienestar y la plenitud han de venir de dentro, no desde fuera, y deben estar presentes a lo largo de todo el camino de la vida. 
Esta es la trampa del círculo: no entendemos que con 99 y con menos podemos ser felices. No podremos sentirnos plenos si nos centramos en esa moneda que creemos que falta y dejamos de valorar lo que tenemos; nunca estaremos "completos", siempre nos faltará algo. 
No dejemos de disfrutar de lo que tenemos por añorar lo que creemos que nos falta.

Autor desconocido. 
Fuente
Imágenes 1,2.


 

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